Quizá los
nazis conocían el trasunto de estas palabras --¿sería
por eso que mandaron a quemar libros? Quizá entendían
bien que las decisiones "realistas" por las que optan
la mayoría de los políticos cuando consideran la posibilidad
de guerra no es la de armas vs. mantequilla, sino otras. Armas vs.
libros. Armas vs. ideas. Muerte y destrucción vs. innovación.
La guerra y la educación siempre han estado inextricablemente
interconectadas una contra otra en una lucha de sumatoria cero.
Hace unos 2,500 años, el sabio Sun Tzu, basando su opinión en las
décadas de guerras civiles que había sufrido China, escribió lo
siguiente: "Sojuzgar a las tropas enemigas sin pelear es el verdadero pináculo
de la excelencia". El magistral estratega militar adjudicaba un valor mucho
más elevado al cerebro del comandante que a la ferocidad del ejército.
La lección fundamental de su Arte de la Guerra fue que el conocer suficientemente
al enemigo evita la batalla misma.
A través de los siglos muchos han hecho comentarios sobre el poder relativo
de la pluma sobre la espada. Aparentemente, este punto clave sólo se le
pasó inadvertido al patético personaje de Cervantes, Sancho Panza: "Que
nadie se atreva a decirme que la pluma es preferible a la espada".
En el siglo XVII, el filósofo británico John Locke popularizó varias
opiniones originales. Por ejemplo, arguyó elocuentemente a favor del empirismo
científico a la vez que por gobiernos que sirvan al pueblo y no viceversa.
Pero, lo que más incumbe a nuestro propósito fue su comentario
sobre la defensa nacional. Locke razonaba: "La única valla contra
el mundo es un conocimiento profundo de él".
La mayoría de los conservadores no se han leído realmente La Riqueza
de las Naciones (1776), de Adam Smith. Se limitan a citarla parcialmente o fuera
de contexto. Concedo que es un ladrillo pesado de leer, pero merece la pena atreverse.
Smith concluye que la educación es clave. Hace posible no sólo
la división del trabajo, sino también la civilización (es
decir, la paz) misma. De hecho, Smith reporta que los gobiernos deberían
gastar más dinero en cuatro cosas: defensa nacional, escuelas públicas,
infraestructura (carreteras, canales), y "la dignidad del primer magistrado".
Gracias al cielo que el período de Clinton en el cargo acabó apenas
estallara el primer escándalo que involucraba a "internas" y
pajes de Washington, D.C. ¿Defensa? ¿Escuelas? El recuperar la
dignidad del Presidente de seguro habría consumido los superávit
presupuestarios de la época.
Mi empleador, la Universidad de California, no sólo produce maravillosos
conceptos e innovaciones, sino también horribles armas de destrucción
masiva. La bomba atómica fue diseñada y construida en el laboratorio
de Los Alamos, Nuevo México, entre los suaves pinos del bosque cercano
a Santa Fe. La manera en que otros aplican estos descubrimientos suele espantar
a los innovadores.
Uno podría debatir las razones por las que se concedieron las prórrogas
del servicio militar a finales de los años 60, las cuales permitieron
a mi generación terminar la educación universitaria. Uno tendría
la esperanza de que tal política fuera prueba de que se prefieren los
libros a las armas. Sin embargo, las prórrogas también sirvieron
para salvar a muchos jóvenes blancos, de 19 años de edad, de morir
en la selva, en desproporción con los escasos esfuerzos por salvar a jóvenes
de otras etnias.
El libro de Paul Kennedy, The Rise and Fall of the Great Powers (1987), demuestra
claramente la relación causal entre el gasto militar y el declinar de
la innovación. Prueba cómo el precipitarse y excederse en aventuras
militares fue en definitivas cuentas lo que hizo caer a los grandes imperios
de los últimos 500 años. En el contexto de los argumentos que esgrime
Kennedy, nuestra actual belicosidad e hinchados presupuestos no presagia nada
bueno para EU.
William Bennett, en su libro de 1996 Body Count, arguye a favor de escalar militarmente
la guerra a las drogas. Es curioso que el ex zar de Educación primero
informe y luego pase por alto un estudio completado por la Rand Corporation,
el cual demuestra que un dólar gastado en tratamiento (o sea, educar a
la gente a combatir su adicción personal) vale lo que siete dólares
gastados en intervención militar y policía.
El pasado otoño, el productor de shows de TV, Aaron Sorkin, emitió la
siguiente opinión a través del personaje interpretado por Martin
Sheen, nuestro presidente televisivo: "La educación es el tiro que
da en el blanco. Con ella se arregla todo: pobreza, crimen, odio y prejuicio,
drogadicción, embarazo de adolescentes, todo". Fuera intencional
o no, el hablar de municiones en el contexto de educación sí fue
certero.
La escuela graduada de Gerencia en la Universidad de California, Irvine, hace
publicidad a su programa de la maestría de Negocios, en los diarios locales,
incluido éste. El mes pasado, sobre nuestro anuncio apareció el
de un nuevo competidor: la CIA está buscando contratar a un "especialista
en el Medio Oriente", o dos, que hablen árabe, pashtú, o urdú.
Las lenguas extranjeras son importantes en negocios internacionales y también
en asuntos de espionaje. Aparentemente los chicos de Washington, D. C. han estado
leyéndose a Sun-Tzu y a John Locke últimamente. Lástima
que no los leyeran antes del 9/11.
Los titulares sobre "el eje del mal", y Colombia y Afganistán
infunden temor. Los estadounidenses van a seguir cayendo víctimas. También
da miedo, aunque uno de diferente tenor, un reciente reportaje publicado por
el Servicio Educacional de Exámenes (ETS). El titular resume los hallazgos
del estudio: Mediocridad y desigualdad, los dos retos de la alfabetización
en EU vistos desde una perspectiva internacional. Entre los estudiantes de bachillerato
de 19 países desarrollados, los de EU sacaron las notas más bajas
en logros educativos. Algo aun peor que se demuestra en el estudio es que existe
una brecha de rendimiento y logros entre estadounidenses. Esto último
implica que a EU lo está escindiendo su propio sistema educativo en decadencia.
Por supuesto que hemos de apoyar a las tropas estadounidenses actualmente desplegadas
en varios puntos del planeta. No se trata de disputar eso. Sin embargo, el excesivo
gasto militar está arruinando a nuestro país. En vez de gastar
400,000 millones de dólares al año en armas de alta tecnología
y muros antiinmigrantes, tenemos que revitalizar nuestro sistema educativo con
nuevas inversiones a nivel local, estatal y federal. Aulas de clase reales, no
galpones provisionales, mejor paga para los maestros y un año escolar
más largo harán de este país y del mundo un lugar más
seguro, a largo plazo. Es elemental la aritmética en este caso: para invertir
más en libros, hay que gastar menos en armas.
John L. Graham es profesor de Negocios Internacionales en UC-Irvine y candidato
demócrata al Distrito 48 del Congreso.
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