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John
L. Graham
Domingo, 24 de febrero de
2002
Hace
dos años estuve en Xian, una ciudad del
Asia Central. Fue la primera capital de ese país
en el término oriental de la antigua Ruta
de la Seda. El polvo sigue soplando desde los
desiertos del oeste y, en días calurosos,
es asfixiante. El motivo de mi viaje era visitar
un orfelinato patrocinado por una organización
caritativa de EU. Mientras iba manejando por
el centro de la ciudad, mi vista se fijó en
un portaaviones norteamericano. Lo podía
ver en la portada de una publicación que
distri- buían gratis en la esquina. Le
pedí al conductor que se detuviera y cogí una
copia.
En
la contraportada destacaba otra nave estadounidense
de guerra, un submarino nuclear. Me enteré que ese burdo diario se llamaba
PLA (Ejército de Liberación del Pueblo) y pude constatar
que estaba repleto de propaganda contra “la grave amenaza
de Estados Unidos”. El propósito de esas páginas
era —y es— promover y consolidar el poder político
interno de China por medio de la xenofobia; es decir, el temor a
los extranjeros. De hecho, éste es el instrumento político
más antiguo al que suelen recurrir los chinos. George W.
Bush también utilizó tal instrumento con bastante
habilidad en su primer Discurso sobre el estado de la Nación.
Bush se refirió a las llamadas “naciones rebeldes” de Corea
del Norte, Iraq e Irán como un “eje del mal”, haciendo gala
de una retórica cargada de intenciones que a muchos les hizo recordar
a Hitler, Tojo y los soviéticos. Si hemos de creerle a Bush en esto, habrá que
creerle también que hace falta gastar más millones de dólares
en un sistema nacional de defensa contra mísiles (¿por qué no
se decidirá de una vez a llamarlo la “Guerra de las Galaxias II”?).
Ya una vez Bush nos alarmó con el grito de viene el lobo. Antes del 11
de septiembre, el “imperio del mal” era China con sus docenas de
mísiles nucleares apuntados hacia Los Angeles. ¿Qué pasó con
esa amenaza, Sr. Bush?
Hablando en tono más serio, un elemento que se echó de menos en
el Discurso del estado de la Nación de Bush fue la disculpa por lo que
le toca de responsabilidad en los trágicos hechos del 11 de septiembre.
Ciertamente, su diplomacia al estilo del Llanero Solitario fue un factor causal.
Sin embargo, ha de reconocerse que Bush sí mostró arrepentimiento
en este asunto —pagó rápidamente lo que EU debía a
las Naciones Unidas y lo hizo en nombre del nuevo multilateralismo. Lo que es
más importante del 11 de septiembre es que para esa fecha George W. Bush
estaba a cargo de un aparato de seguridad nacional —cuyo costo anual es
la exorbitante suma de 300,000 millones de dólares— con el cual
se suponía que los estadounidenses estuvieran protegidos de tales amenazas.
Lamentablemente, se distrajo con lo del avión espía que tuvo que
aterrizar de emergencia por una avería y que fue capturado por los chinos,
así como por otros asuntitos por el estilo. Un líder honesto habría
admitido sus errores y se habría aprestado a arreglar las cosas. Pero él
no hace ni lo uno ni lo otro. Hemos dejado a nuestro paso miles de cadáveres
afganos, pese a lo cual seguimos buscando a Osama Ben Laden. Todavía no
he podido enterarme de ¿cuál es su cacareada diferencia entre seguridad
de la patria y defensa nacional? ¿Qué es lo que hacíamos
antes del 11 de septiembre? Al igual que Richard Nixon en los años 50
y Ronald Reagan en los 80, George Jr. en su discurso echó mano a la xenofobia
con el fin de justificar enormes gastos militares, con lo que hacía caso
omiso a algunas amenazas reales del terrorismo.
Ahora Bush se mete a hacer campaña por un presupuesto militar de 400,000
millones de dólares anuales. Eso es lo que nos gastábamos en los
años 80, cuando nos enfrentamos al armamento soviético de tanques
y buques y a su enorme arsenal nuclear. Los terroristas usaron cortapapeles… ¡a
un precio de 99 centavos por unidad! Actualmente, Rusia sólo gasta unos
40,000 millones de dólares al año en sus Fuerzas Armadas y China
se limita a unos 25,000 millones de dólares. Nuestros presentes aliados,
algunos de los cuales fueron una vez nuestros enemigos —Francia, el Reino
Unido, Alemania y Japón— asignan a su presupuesto de Defensa unos
35,000 millones de dólares al año cada uno. En EU, por el contrario,
nos estamos convirtiendo en un estado-arsenal que invierte miles de millones
de dólares en un sistema de defensa mal concebido.
Para entender este punto clave, es indispensable leer el libro de Martin van
Creveld, The Transformation of War (Free Press), sobre la guerra que se librará en
el siglo XXI. En 1991, Van Creveld probó con argumentos sólidos
que la guerra convencional de Estado-contra-Estado no se libraría contra
EU por ser obsoleta. En vez de eso, lo que debemos esperar de los futuros ataques
es que estén a cargo de terroristas y/o guerrilleros. La crisis bélica
a la que debería hacer frente EU es la existencia de armamento convencional
de pequeño tamaño en manos de terroristas, y no tanto los mísiles
de cabeza nuclear que nos apuntan desde lejos.
El tomo de Paul Kennedy sobre el alza y caída de las grandes potencias,
The Rise and Fall of the Great Powers (Random House), predice el paso que ahora
estamos dando. Kennedy describe el ocaso de las naciones que conllevó el
tipo de gasto militar a gran escala en que estamos cayendo. Si se gasta mucho
en armas, no se gasta en alimentos. Hace apenas un año, sobre el tapete
estaban cuestiones como el Seguro Social, la educación, el cuidado médico
y los superávit presupuestarios. Ben Laden suplantó, con su irrupción
en el panorama de los acontecimientos, todas estas cuestiones por otras de muy
distinto cariz.
Los terroristas promueven el miedo y es el miedo el que está al mando
de nuestra nación hoy por hoy. El miedo reluce a un marco menor el debate
que sobre política nacional conduce Washington, D.C. No hay que olvidar
que disponemos de otras opciones aparte de las bombas y las balas. La hegemonía
militar estadounidense promueve el odio y no el respeto. Al comunismo no lo vencimos
con armas. Lo vencimos con libertad y apertura. Deberíamos abrirnos comercialmente
a Cuba, Iraq, Irán y Corea del Norte. El comercio trae la paz. La apertura
es factor de entendimiento mutuo.
Yo, por mi parte, también siento miedo después de las ovaciones
que se le dieron a Bush por su discurso. Tengo un hijo de 17 años. La
oratoria guerrera de Bush representa un peligro para mi muchacho. Quizá está llegando
el momento en que las madres deben aferrarse a sus hijos. Quizá Ashley
Wilkes, el personaje de la novela de Margaret Mitchell, Lo que el viento se llevó,
lo dijera en términos más expresivos que los míos: “La
mayor parte del dolor del mundo lo han causado las guerras. Y cuando las guerras
llegan a su fin, nadie nunca se acuerda de por qué empezaron”.
John L. Graham enseña Negocios Internacionales en UC-Irvine. |
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