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John
L. Graham
Domingo, 25 de febrero de 2001
Por
lo general odio las calcomanías que se
ponen en los guardafangos. La única que
me gusta es una que dice: "Si cree que la
educación cuesta demasiado, pruebe con
la ignorancia". Tal ocurrencia llega al
fondo del asunto y representa la quintaesencia
del pensamiento racionalista de Adam Smith y
Thomas Jefferson en el siglo XVIII. Ambos pensaban
que la sociedad debía apoyar el trabajo
de las escuelas para que la sociedad funcionara
mejor.
Smith,
el filósofo/economista escocés, argumentó a
favor de que se creara un sistema de dos niveles estructurales: "...a
pesar de que la gente común no puede, en cualquier sociedad
civilizada, lograr un grado de instrucción de tanta calidad
como el que disfruta la gente de rango y fortuna..., la sociedad
puede facilitar, alentar e incluso imponer la necesidad de que se
provea lo esencial de una educación".
Los británicos amaban sus jerarquías
tanto como ahora.
Jefferson y sus amigos pensaban de manera un
poco diferente. Fue así cómo
nos legó su frase: "todos los hombres fueron creados iguales",
bajo la cual se amparan las grandes instituciones de la educación pública
como su Universidad de Virginia (o nuestra Universidad de California).
Los fundadores de la nación reconocieron que el acceso equitativo a una
educación de alta calidad era clave para la democracia y prosperidad de
todos. Tanto Smith como Jefferson reconocieron que la educación pública
era una inversión, no una carga financiera. Sin embargo, hemos perdido
de vista esta distinción fundamental.
Dos cosas que figuran predominantemente en la agenda del presidente Bush para
el nuevo año son la reducción de impuestos y la mejora de nuestro
sistema educativo, metas que también debían estar en la mente de
todo estadista según Smith y Jefferson.
Sin embargo, George W. alega que el deterioro de las escuelas es un problema
administrativo y no financiero. Los vales escolares (vouchers), la creación
de estándares académicos, mejor rendición de cuentas y el
uso de escuelas charter, se cuentan entre los recursos administrativos con los
que cuenta el Presidente.
En oposición a esto, los ciudadanos del país rechazaron el 7 de
noviembre la propuesta de los vouchers. Los estadounidenses no consideran que
esta es la respuesta para mejorar la educación pública. La idea
fundamental tras los vales escolares es que la competencia entre las escuelas
contribuye a mejorarlas: las buenas escuelas florecerán y las malas desaparecerán.
Por el hecho de dar clases en una facultad de administración de empresas,
se diría que estoy predispuesto hacia la idea de que la competencia es
buena. De hecho, Adam Smith la justificó con palabras sabias en su famosa
obra La riqueza de las naciones (1776): "Quien persigue sus propios intereses
generalmente promueve los de la sociedad, más eficazmente que cuando intenta
promover éstos".
Smith sostenía que el comportamiento individual (o el egoísmo)
realmente ejercen una acción benéfica sobre la sociedad. Sin embargo,
quien lea cuidadosamente a Smith notará que la palabra clave en su aseveración
es "generalmente". Smith no nos dice que la competencia siempre ayuda
a la sociedad. Ni siquiera que ayuda a menudo, sino que generalmente ayuda. Lo
que esto implica resulta claro: el comportamiento competitivo no siempre es bueno.
A los conservadores que lean esto les sugiero que repasen su ejemplar de La riqueza
de las naciones.
La competencia en la educación es algo negativo. Cuando se da entre maestros
y escuela impide que se compartan las buenas ideas y los recursos necesarios.
La competencia entre escuelas y maestros que se basa en exámenes estandarizados
conduce a un enfoque excesivo en los métodos para pasar los exámenes,
y en el peor de los casos, a que se haga trampa.
Y ciertamente, si se sigue lo que recomiendan los partidarios de los vouchers,
la competencia hará que algunas escuelas desaparezcan del mapa.
George Bush dijo en la Convención Republicana que no iba a permitir que
ningún niño se quedara rezagado. Aun así, el sistema de
vales escolares va a dejar a miles de niños rezagados y condenados a quedarse
en escuelas que no van a ningún lado.
La directora de la secundaria donde estudia mi hijo envió en su último
aviso a los padres este argumento: "Debemos guardarnos contra lo que se
ha visto en Texas y otros estados. Los estudiantes en muchos estados ya no leen
literatura; se limitan a leer párrafos y a contestar preguntas a fin de
prepararse para los exámenes estatales. Los estudiantes se han puesto
a memorizar y recitar datos en vez de ponerse a pensar y ser creativos. Las calificaciones
de los estudiantes de Texas han subido en el examen estatal, pero no en el examen
nacional SAT 1, donde han bajado sus notas".
Tratar de mejorar las escuelas públicas a través de estratagemas
como los exámenes estandarizados y los vales escolares es algo incluso
peor que malgastar el tiempo. Tales trucos nos distraen de la crisis real que
confronta nuestro sistema educativo: la escasez de maestros calificados. La única
manera de mejorar sustancialmente las escuelas es contratar y retener a los mejores
maestros.
Contamos con fondos federales para garantizar un aumento de 10 mil dólares
al año por cada maestro de escuela pública del país. Esto
representa una cifra global de 20,000 millones de dólares al año,
los que fácilmente pueden sacarse del presupuesto nacional de Defensa,
que asciende a 300,000 millones de dólares.
A cambio de este aumento anual de 10 mil dólares, se le pediría
a los maestros que trabajen un mes más, y que renuncien al sistema de
cátedra asegurada de por vida (tenure). Este enfoque sigue las directrices
de la reciente propuesta del gobernador Davis para que los días de clases
aumenten a 210 días al año en California. Es también un
cambio que aceptarán entusiasmados la mayor parte de los maestros jóvenes.
Necesitamos efectuar este tipo de cambios para atraer y retener a los mejores
maestros y para seguir siendo competitivos en el plano internacional.
En EU, los estudiantes de todo nivel muestran un desempeño débil
en matemáticas y ciencias comparados con los estudiantes extranjeros del
mismo grado. Yo mismo puedo constatarlo en mis propios estudiantes de la maestría
y del doctorado en Administración de Empresas: por lo general los estudiantes
estadounidenses salen mejor a la hora de presentar un tema, pero los extranjeros
están mejor preparados en materias cuantitativas, ¡además
de que hablan una lengua extranjera!
Esta superioridad parcial se explica porque asisten a la escuela más días
por año: 215 días en China, 243 en Japón, 210 en Alemania
y 200 en la Escocia de Adam Smith. Los estudiantes de EU son los únicos
que llegan al salón de clases sólo 180 días al año.
Nuestro año lectivo de nueve meses es un vestigio de la economía
agrícola que tuvimos en el siglo XVIII.
El sistema de vouchers y el resto de estratagemas administrativas propuestas
por el Sr. Bush son una nueva falla que amenaza la educación pública
en EU.
Debemos pensar que la educación es una inversión. Atraer y retener
a los mejores profesores es el principal problema que encaramos. La prioridad
nacional debe ser contar con maestros de calidad. Después de todo, son
el puente al futuro.
John Graham es catedrático de Negocios Internacionales en el Posgrado
de Administración de la Universidad de California, Irvine. |
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